Relato de ficción.
—¿Aquí? —Aquí. —Pero si se ve todo el pueblo. —Por eso. Y nadie nos ve a nosotros.
Tenía razón. Desde el aparcamiento de la ermita, con las luces apagadas, el pueblo era un puñado de bombillas amarillas y nosotros, una sombra más entre los olivos. Me reí, le quité las gafas y dejé de discutir.
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