La tormenta nos pilló a mitad de camino entre dos pueblos de la costa. El limpiaparabrisas no daba abasto y decidimos parar en el aparcamiento de una playa que en agosto estaría llena y que aquella noche de octubre era solo nuestra. Apagamos el motor y el mundo se redujo al tamborileo del agua sobre el techo.
Hay algo en la lluvia que convierte un coche en una cabaña. Los cristales se empañaron en dos minutos y la luz de la única farola llegaba deshecha, como en una acuarela. Ella se quitó las zapatillas, subió los pies al salpicadero y me miró de esa manera que conozco desde hace doce años y que todavía me desarma.
Pasamos a los asientos de atrás entre risas, chocando con la palanca de cambios, con el cinturón que siempre se engancha donde no debe y con la torpeza de dos adultos que hace mucho que no hacen estas cosas. Pero la torpeza duró poco. Lo demás fue la respiración, el calor que subía, el ruido de la lluvia tapando cualquier otro sonido y su risa bajita en mi oído.
En algún momento escampó. Lo supimos porque de repente se oía el mar, enorme, rompiendo a pocos metros. Bajamos la ventanilla un dedo y entró un aire salado y frío que nos hizo encogernos bajo mi chaqueta. Nos quedamos así un buen rato, sin hablar, mirando cómo se desempañaba el cristal y aparecían las luces de un barco en el horizonte.
Antes de irnos recogimos todo, hasta un envoltorio que se había caído al suelo del aparcamiento. Es una costumbre que tenemos: que nadie sepa que estuvimos allí. Solo nosotros, y ahora vosotros.