Relato de ficción.

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Llevábamos semanas hablando de aquel mirador. Una amiga nos lo había descrito como «el sitio donde el sol se va despacio», y la frase se nos quedó dentro. Un viernes de septiembre salimos del trabajo, cargamos una manta y un termo de café en el maletero y condujimos hacia la sierra sin decir mucho, con esa calma nerviosa de cuando sabes que la tarde va a ser especial.

El camino de tierra estaba vacío. Aparcamos al final, donde la pista se abre y el valle entero aparece de golpe. Había un banco de madera medio comido por el sol y, más allá, una roca plana que parecía puesta ahí para nosotros. Nos sentamos con las piernas colgando y dejamos que el silencio hiciera su trabajo.

No sé quién empezó. Creo que fue su mano buscando la mía bajo la manta, o quizá mi cabeza apoyándose en su hombro. Lo que recuerdo es el calor de la piedra todavía guardando el día, el olor a tomillo y la luz volviéndose naranja sobre su cara. Nos besamos como hacía tiempo que no lo hacíamos: sin prisa, sin móvil, sin nada pendiente.

Cuando el sol tocó las montañas, la manta ya no estaba bien doblada y nosotros tampoco. Nos reímos al oír un coche a lo lejos, bajando por otra pista, y nos quedamos quietos, aguantando la respiración, hasta que el ruido desapareció. Fue solo eso, un susto que acabó en carcajada, pero nos devolvió a la complicidad de los primeros meses.

Volvimos a casa de noche, con el pelo enredado y la sensación de haber robado unas horas al mundo. Desde entonces, cuando la rutina aprieta, uno de los dos dice «¿mirador?» y el otro ya está buscando las llaves.

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